¿Puede la ganadería ayudar a mitigar el calentamiento global?"

Autor: 

Aves Argentinas
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Foto: Francisco González Táboas

El carbono y el calentamiento global

El carbono (C) es un elemento abundante y ampliamente distribuido en todo el planeta y su ciclo natural es complejo e involucra procesos biológicos, químicos y físicos que lo movilizan permanentemente entre la atmósfera, los seres vivos y los mares. Y la relación entre este ciclo y la temperatura de la Tierra es muy clara: el planeta se calienta por medio de la radiación solar que recibe. Parte de este calor es reflejado por la superficie (“rebota”) y vuelve al espacio atravesando la atmósfera. Pero cuando la atmósfera se encuentra cargada de dióxido de carbono (CO2), el calor que debería perderse en el espacio no logra salir del planeta y es irradiado en todas direcciones, dado que este gas se comporta como una trampa de calor. Por lo tanto, un desbalance en la cantidad de carbono “secuestrado” y de carbono liberado determinará cambios en la temperatura media de La Tierra. Y eso es exactamente lo que nos hemos dedicado a hacer desde la Revolución Industrial: acceder a las fuentes de carbono que existen en los combustibles fósiles, atmosférico por medio de la destrucción de los ambientes naturales que podrían capturarlo y retenerlo. ¿El resultado? liberarlos en grandes cantidades a la atmósfera y reducir la capacidad de captación (“secuestro”) de ese carbono La temperatura media mundial aumentó 1°C entre 1880 y 1980, a un ritmo de 0,1°C por década, pero en los últimos 40 años el aumento se está produciendo a un ritmo de 0,2°C por década (datos de Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático IPCC). Esto podría parecer poco, pero representa la principal causa en el aumento del nivel del mar, la aceleración de la desertificación, el derretimiento del hielo de los casquetes polares y glaciares, sólo por mencionar algunos efectos.

La producción de alimentos y la liberación de carbono

Contrarrestar el desbalance de carbono que favorece el calentamiento global implica una serie de cambios profundos en muchas de nuestras pautas de producción y consumo de bienes y de servicios. Y la industria de los alimentos no escapa a esta norma. Con una población mundial de más de 7 mil millones de habitantes, la expansión de las fronteras agrícolas y ganaderas se ha dado de una manera alarmantemente acelerada en los últimos 30 años, a expensas de la pérdida y reemplazo de los ambientes naturales por áreas productivas. Y es justamente este proceso de reemplazo el que provoca (además de una variada gama de otros fenómenos altamente negativos como la pérdida de biodiversidad, de servicios ecosistémicos y de suelos, la contaminación del agua, el desplazamiento de poblaciones rurales, etc.) la reducción en la capacidad de captar carbono de la atmósfera y fijarlo en la superficie terrestre. Al respecto, Joao Campari, Global Leader del Food Practice de WWF International, describe las formas de favorecer este tan necesario cambio de conducta (ver más)

En primer lugar, es necesario reducir la deforestación y la conversión de hábitat naturales. La agricultura ha causado casi tres cuartas partes de las pérdidas de bosques naturales, pero también afecta a otros tipos de paisajes; de hecho, más del 50% de la destrucción del hábitat a causa de la producción de alimentos ocurre en los pastizales y sabanas. Las empresas han comenzado a mostrar compromiso para evitar la deforestación y la conversión de sus cadenas productivas, pero deben actuar con mayor urgencia y a una escala mucho mayor. Mientras tanto, los gobiernos deben implementar políticas más fuertes para proteger la naturaleza y detener la conversión. En segundo lugar, tenemos que cambiar nuestra dieta. Demasiado de lo que comemos, desde la carne roja hasta el arroz, está contribuyendo al aumento de la cantidad de carbono en la atmósfera. Para permitir el cambio, junto con las necesidades nutricionales y la mejora de la salud, las directrices oficiales deben tener en cuenta el impacto medioambiental de las diferentes dietas. Necesitamos mejorar conjuntamente la salud humana y planetaria. Y en tercer lugar, debemos reducir el desperdicio de alimentos.

El papel de la ganadería

En los últimos meses se ha hablado mucho de la ganadería como una forma de producción de alimentos muy relacionada con el calentamiento global a través de las emisiones de carbono a la atmósfera. Pero hablar de “ganadería”, en un país ganadero por antonomasia como la Argentina, exige un esfuerzo extra que logre diferenciar los tipos y sistemas de producción, y poder así encontrar argumentos a favor, o en contra de tales acusaciones.

Para poder abordar el análisis es conveniente considerar algunos efectos que modificaron a la ganadería, como el avance de la frontera agrícola y forestal: estos cultivos desplazaron a la ganadería, provocando:

  1. La pérdida de ambientes naturales, entre los cuáles se destacan los bosques nativos (como los de El Espinal y El Chaco), lo que contribuye al desbalance de carbono por reducción en la capacidad de secuestro de CO2. Pero el avance de los sistemas agrícolas y forestales ha reemplazado también grandes áreas de pastizales naturales, que son excelentes fijadores de CO2 atmosférico (ver más abajo). 
  2. La concentración forzosa de la producción ganadera en una superficie menor, y el incremento de los sistemas de producción a corral o feedlot: Esta forma de producción implica mayor consumo de combustible para el transporte (y por ende, mayor liberación de carbono a la atmósfera), y se vale en buena medida de la producción agrícola responsable del reemplazo de los pastizales y otros ambientes naturales.

La ganadería está considerada como una de las principales actividades responsables de la liberación de CO2 y CH4, y la superficie que ocupa, y los ambientes donde se desarrolla, no son capaces de volver a fijar todo ese carbono atmosférico. Pero este desbalance es producto de una pérdida constante en superficie de los ambientes naturales, y de la concentración del remanente de las cabezas de ganado en áreas marginales.

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Foto: Irma Gamarra

La ganadería de pastizal

En términos ambientales, la ganadería se vio forzada a desplazarse desde sus áreas óptimas (los pastizales y bosques abiertos de la mayor parte del país) a zonas marginales, donde no pudieron establecerse con éxito los sistemas agrícolas de alta eficiencia. En estas regiones, generalmente las características de los recursos forrajeros no permiten que el ganado cumpla su ciclo completo, y bajo formas convencionales de producción debe establecerse un régimen de suplementación con granos y otros adicionales al forraje que se aprovecha de los mismos pastizales.

Y sin abandonar los aspectos ambientales, llega el momento entonces de destacar, dentro de la amplia gama de sistemas de producción ganadera, a aquellos que se llevan a cabo sobre pastizales naturales como los que propone Aves Argentinas a través de la Alianza del Pastizal. ¿Por qué? Porque son los pastizales naturales uno de los ambientes más amenazados que existe en Argentina y el Cono Sur de Sudamérica. Se calcula que sólo el 10% de la superficie de las Pampas (ecorregión que engloba a la mayor parte de los pastizales de Argentina) se encuentra en un estado aceptable de conservación. Y por si esto fuera poco, esta gran ecorregión cuenta con uno de los niveles más bajos de superficie afectada como Áreas Naturales Protegidas del país: según la Administración de Parques Nacionales, las Pampas alcanzan apenas el 1% de superficie protegida, cuando a nivel internacional se recomienda conservar el 17% de la ecorregión. Y precisamente donde se pretende hacer ganadería de pastizal, los sistemas productivos promueven la conservación del ambiente como fuente de recurso forrajero. Por lo tanto, no es sorprendente encontrar en los campos ganaderos con pastizales naturales bien conservados, a aquellas especies de la fauna que han desaparecido de buena parte de su distribución geográfica, y que terminan refugiándose en estos entornos productivos. En la lista se ubican el venado de las pampas, el tordo amarillo, el yetapá de collar, la monjita dominicana, el aguará guazú, los capuchinos, y muchas otras especies que evolucionaron en los pastizales naturales y que se ven seriamente afectados por su transformación y reemplazo. Los campos ganaderos con pastizales naturales bien manejados terminan supliendo la ausencia de áreas protegidas para especies como éstas.

Volvamos a lo que nos interesa: el balance de carbono y el calentamiento global. Y para ello, recuperemos el concepto central de Campari:  

El 50% de la destrucción del hábitat a causa de la producción de alimentos ocurre en los pastizales y sabanas.

Según un informe publicado en Ginebra, Suiza, por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), los suelos y los bosques son los aliados perfectos contra el cambio climático, porque secuestran y retienen carbono funcionando como reservas que impiden que el CO2 llegue a la atmósfera. Pero además, señala que otros ecosistemas, como los pastizales, son fundamentales para que haya un clima estable dado que funcionan como grandes sumideros de carbono.  

Complementariamente, Ernesto Viglizzo, investigador de CONICET especializado en emisiones y cambio climático, sostiene que una fortaleza muy importante es la del potencial de secuestro de carbono que tienen las tierras de pastoreo de Sudamérica, las cuales requieren una revisión permanente ya que no se le suele dar importancia, y pueden cambiar por completo la ecuación en cuanto a balances de carbono. De hecho, muchos compromisos de mitigación que hemos firmado a nivel internacional, pueden tener una perspectiva distinta, y a lo mejor hasta ya estemos mitigando sin necesidad de asumir nuevos compromisos.

Pasemos a la segunda de las sugerencias de Campari: "Tener en cuenta el impacto medioambiental de las diferentes dietas".

El Dr. Viglizzo avanza sobre esta idea señalando que “Somos un país que produce carne y otros alimentos, a costa de deforestar; y por eso debemos acordar políticas que morigeren este proceso y nos coloquen en una mejor posición competitiva. Grupos de agricultores franceses, por ejemplo, ejercen presión sobre este tema, y Brasil empieza a sufrir penalizaciones en sus exportaciones de carne debido a que se produce en áreas que han sido deforestadas”.

Por lo tanto, como consumidores y como actores sociales, es muy importante asumir la responsabilidad de informarse y diferenciar los sistemas productivos cuando de ganadería se trate. No existe una única “ganadería” en Argentina. Y un segmento todavía minoritario de esta actividad, se adecúa a los estándares que especialistas como Viglizzo y Campari, u organizaciones como IPCC, señalan como recomendables para producir carne vacuna y contribuir a la reducción en la emisión de carbono a la atmósfera.

De modo tal que no se trata de dejar de consumir carne porque la ganadería genera calentamiento global. Se trata de diferenciar el proceso productivo que cada sistema ganadero lleva detrás, y ponderar el esfuerzo que productores, técnicos, especialistas, ONG, organismos oficiales, donantes internacionales y consumidores hacen para seguir sosteniendo una forma de producción que, en relación a otras, contribuye a mitigar el cambio climático, pero que a la vez promueve la conservación de los pastizales como un ambiente integrado por todos sus componentes: su biodiversidad sus servicios ecosistémicos, sus potencialidades productivas y sus valores culturales.

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Tachurí canela Foto: Pablo Grilli